Harold López-Nussa se sienta al piano y, tras unas escalas de calentamiento, empieza a trabajar.
Tan sólo unos minutos antes estaba relajado, charlando con despreocupación y bromeando con su público, y ahora de repente parece transformado, tanto mental como físicamente. Su concentración
es total, su virtuosismo queda confirmado una y otra vez al ver como sus dedos recorren el teclado con maestría. Inclina la cabeza y los hombros sobre el instrumento, no con tensión, sino con la humildad de un caballero que hace una reverencia a su soberano. Su respiración audible y el murmullo intermitente de su voz le hacen parecer una versión menos atormentada de Glenn Gould.
Harold toca Memories of Tomorrow, de Keith Jarrett,
y sigue con una de sus propias composiciones.
Esta breve actuación es suficiente para mostrar la
magnitud de su inspiración musical y su dominio del jazz moderno, de la rumba cubana indígena y prácticamente de todo lo que pueda haber entre ambos estilos. Cuando termina de tocar, el aplauso
es tan intenso y prolongado como lo fue en el Festival de Jazz de Montreux, donde Harold recibió el primer premio en el concurso de solistas de piano en 2005, además de una invitación para volver a actuar al año siguiente.
Por un momento parece posible olvidar que, en esta velada, uno está en la cocina de Harold, rodeado por no más de diez personas, en su mayoría familiares del músico. Ellos han escuchado a Harold tocar en
este mismo piano del salón desde que tuvo edad
para andar. Por supuesto, no se han limitado a escuchar. La madre de Harold es profesora de piano
y su padre y hermano son conocidos percusionistas. Su tío, Ernán López-Nussa, es pianista y uno de los gigantes del jazz cubano. Todos ellos han contribuido de algún modo a convertir a Harold en el fenómeno de 23 años que es hoy en día.
Cuando el aplauso, por fin, se extingue, Harold se levanta, sonríe tímidamente y da cinco pasos hacia la cocina para ver lo que hay de cena. Pese a todos sus triunfos en el extranjero (además de su actuación en Montreux ha tocado en concursos de Francia, España
e Italia), parece no tener ninguna prisa por dejar este pequeño apartamento de Vedado, su barrio de La Habana. Está claro que el apoyo de su familia es un estímulo insustituible, probablemente más valioso que todos los primeros premios del mundo.