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Pregunta a 10 personas distintas sobre el Bienal de La Habana y recibirás 10 respuestas distintas. El Bienal de La Habana es un caleidoscopio, que revela infinitas posibilidades lo mires como lo mires, y esto es sobre todo el caso con la décima edición. Desde finales de marzo hasta finales de abril, la fortaleza Cabaña, con vistas panorámicas de La Habana, ha sido un hervidero de actividad artística, con exposiciones y actuaciones en directo que se tenían lugar por todos los sitios. Cabaña y el cercano complejo del Morro fueron los lugares donde se instalaron las exposiciones oficiales del Bienal, pero eso fue solo parte de la historia. Por toda La Habana y en varias partes del resto de Cuba se celebraron docenas de exposiciones; como si toda la isla rebosara de una energía artística que el Bienal apenas podía contener. En un momento dado, incluso el cielo que cubría la capital cubana se transformó en un espacio para la exposición Una Luz a lo Lejos, de Wilfredo Prieto.
Nelson Herrera Ysla ha sido uno de los organizadores clave del Bienal desde que comenzó hace 25 años. Cuando nos encontramos con él durante la inauguración de las festividades de Cabaña, pareció genuinamente sorprendido, como el anfitrión de una exitosa fiesta a la que pensaba que no iba a asistir nadie. Habló sobre el tema del décimo Bienal (“Integración y resistencia en la era global”) y defendió de forma convincente el énfasis geopolítico del Bienal de La Habana; único entre las exposiciones de arte bienales del mundo, diciendo: “Nosotros, los cubanos, somos un pueblo político, eso no va a cambiar.”
Entre las sorpresas del décimo Bienal de La Habana se encontraban las enormes cucarachas con caras humanas del artista cubano Roberto Fabelo, aferradas a la fachada del Museo Nacional de Bellas Artes. Pero una sorpresa aún mayor esperaba dentro del mismo museo. Artistas americanos representados por galerías del distrito de Chelsea de Nueva York estaban en la ciudad para presentar “Chelsea visita La Habana”; la primera exhibición importante de obras de arte de los Estados Unidos en La Habana en cinco décadas.
Aún así, la principal atracción del décimo Bienal fue el talento local. Los artistas cubanos no decepcionaron a los curadores, propietarios de las galerías y coleccionistas privados, que habían venido de visita desde otros países. Yoan Capote, un joven escultor y pintor, les saludó con una presentación en su “bunker” Vedado, y acabó firmando un acuerdo con una galería de Nueva York antes de que finalizara el Bienal. Liset Castillo construyó una ciudad de plástico a la que llamó Arqueología del Poder, y nos dijo por qué no estaba preocupada sobre la crisis económica mundial (“éste es un momento interesante para el arte”). René Francisco Rodríguez, con su exhibición Interpret en la Galería Villa Manuela, demostró por qué es uno de los artistas más interesantes del mundo que trabaja con temas socialmente progresivos.
No hacía falta ir a un museo o galería de arte para disfrutar del Bienal de La Habana. El arte emanaba de las calles y te seguía. El artista cubano Duvier del Dago instaló su exposición Caja Negra en un antiguo campo de tiro militar. José Emilio Fuentes Fonseca (JEFF) transportó su manada de elefantes de metal por toda la ciudad. Alexis Leyva Machado (K’cho) construyó un carrusel de barcas de madera en la Plaza San Francisco de Asís. Y Manuel Mendive puso en escena una espectacular actuación callejera incentivada por la Santería, con una procesión que comenzó en el centro artístico del Arenal de la Concepción y terminó en frente del Teatro Nacional de La Habana.
El Bienal de La Habana no sería lo que es sin un elemento de sorpresa, así que no haremos ninguna predicción para el siguiente.
Nos vemos en 2011.